La terraza fluvial sobre la que se asienta Chiguayante, modelada por milenios de depósitos del río Biobío, presenta una estratigrafía de arenas limosas y gravas arenosas con lentes de material fino que reaccionan de manera impredecible ante cortes profundos. Cada excavación superior a 2.5 metros en esta comuna de la provincia de Concepción exige un plan de monitoreo que anticipe desplazamientos laterales, asentamientos diferenciales y fluctuaciones del nivel freático, especialmente entre mayo y agosto cuando las precipitaciones saturan el subsuelo. La cercanía del río y la presencia de napas colgantes en los sectores altos de Chiguayante obligan a lecturas continuas de piezómetros e inclinómetros, porque un cambio de 50 centímetros en la cota de agua modifica por completo las presiones de poro y la estabilidad del frente de excavación.
En suelos aluviales del Biobío, 72 horas sin monitoreo equivalen a perder la trazabilidad del comportamiento geotécnico de la excavación.



